Había una vez un vendedor de teléfonos móviles de aspecto poco agraciado. Se llamaba Paul Potts. Su gran ilusión era ser cantante de ópera. Había recibido algunas clases pero tuvo que ponerse a trabajar para poder vivir. Un día, no sin muchos dudas, se presentó al casting de un concurso televisivo de búsqueda de talentos similar al programa Operación Triunfo pero en versión inglesa.
Al subirse al escenario, frente a él, estaba el jurado y detrás ellos una sala repleta de público que lo miraban con cierto escepticismo. Seguro que más de uno pensaba: “¿pero qué hace este tío aquí?”. Amanda, una de las integrantes del jurado, le pregunta: “Paul, ¿por qué estás aquí hoy?”. Con media sonrisa y nervioso contesta “Para cantar ópera”.
La reacción del jurado ante el aspecto físico de Paul es apreciable: piensan que es una persona más sin talento y que les hará perder el tiempo. Ante la respuesta de Paul entrecruzan miradas entre ellos pero no tienen más remedio que darle su oportunidad. Comienza la música, se hace el silencio y …
Sobran las palabras. Paul Potts cautivó al público y es capaz de poner la “piel de gallina” a más de uno con su actuación. Lo demás ya es historia. Al final ganó el concurso obteniendo un importante premio en metálico. Su disco es uno de los más vendidos y su fama ha dado la vuelta al mundo.
A menudo la vida nos enseña lo importante que es tener confianza en uno mismo. También que las apariencias engañan y que no debemos juzgar anticipadamente o incluso despreciar a los demás por su aspecto físico.
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